En esta mesa no se discute el final del arco: se deja el lápiz sobre la viñeta y se anota lo que el globo no dice todavía. Quien llega con un archivo crudo suele probar primero un traductor manga ia para obtener un borrador de los diálogos y ver, de un vistazo, dónde el sentido se atasca.
Ese borrador no sustituye la lectura en voz alta. Cuando el equipo se sienta, abre el traductor manga en otra pestaña y compara el tono del narrador con el de los personajes secundarios. Si un apodo cambia de página a página, se marca en el margen antes de tocar la tipografía.
Los webtoon verticales piden otro ritmo. Para esos capítulos usamos un traductor de manhwas y dejamos hueco extra entre viñetas largas, porque el lector baja con el pulgar y no hojea. Las onomatopeyas grandes se glosan al lado, no encima del trazo.
Los fanzines cortos traen bromas internas y nombres inventados. Ahí entra un traductor de doujinshi: sirve para no perder el juego de palabras del círculo, y después la mesa decide si se conserva el término original o se explica en una nota breve al pie.
Al cerrar la tanda, alguien resume la traducción de manga en tres líneas: qué se unificó, qué quedó pendiente y qué viñeta hay que volver a lettering. Esa ficha viaja con el archivo, no en un chat que se pierde.
La mesa cabe en una mesa real: dos pantallas, un cuaderno de glosas y la regla de no publicar si el crédito de la página original no está leído. Nada de atajos opacos: el texto visible es el texto que indexamos.